jueves, 2 de junio de 2016

EL PENSAMIENTO DEL PRECURSOR.

Sin dudas le corresponde al Generalísimo Francisco de Miranda la primacía en la elaboración de la necesidad de una concepción que visualizara a las comunidades de origen hispano, asentadas en el hemisferio, como una gran nación y, al espacio que ellas ocupaban, como un gran país. No nació esta idea de las infraestructuras presentes en lo que al momento eran colonias de Madrid. Germinó de la práctica que ya se perfilaban de la lucha de las grandes potencias por el poder mundial. Una contienda de la cual él era un actor protagónico. De modo que su planteamiento estaba más relacionado con el orden mundial que con la organización del mundo iberoamericano. Cuando se lee el Acta de París (22 de Diciembre de 1797), que se anexa a este ensayo, se puede inferir de ella que la proposición que formuló ante el Primer Ministro Británico William Pitt y al Presidente Norteamericano John Adams, contenía una especulación que estaba vinculada a la búsqueda de un balance en la política internacional en el marco de una multipolaridad. Ideas por supuesto que no formaban parte del léxico político de la época y dentro de la cual la conflictividad internacional no se planteaba por el control de espacios sino por el control del mercado.
Por supuesto, no dejó a un lado el problema del orden político que se superimpondría para la estructuración de la nueva nación. Dentro de un caudal de reflexiones y documentos, contenidos en 14.740 páginas, agrupados bajo el título de “Colombeia”, el Generalísimo esbozó sus ideas sobre el Estado que jurisdiccionaría esa gran nación y su enorme territorio que abarcaba algo más del 60% de todo el espacio continental. Para una etapa de transición colocó el poder ampliamente distribuido en los cabildos y ayuntamientos que representaban las comunidades establecidas, de donde saldría los diputados a un Congreso, para que este formase un gobierno provisional (evidentemente parlamentario), que condujese a la independencia y a la libertad. Se trataba de un régimen surgido desde las propias bases sociales de la gran nación. Por supuesto, correspondía a un estado laico, donde las funciones eclesiásticas se declaraban incompatibles con las civiles y militares y en el cual los indios y la gente de color gozarían de los derechos ciudadanos, eliminando todas las consideraciones excluyentes, racistas y religiosas que caracterizaban el régimen colonial. Como punto muy importante, establecía la obligación de todos los ciudadanos de tomar las armas en defensa de la paz, acogiéndose a la idea de la movilización en masa de Carnot. Pero más significativo aún, y a tono con las actuales tendencias dominantes en el gobierno nacional, en lo que podría denominarse una especie de Código Militar, se partía de la supresión del fuero castrense para que todo soldado fuese responsable ante los ciudadanos por infracciones a las leyes. Tal código es una cuidadosa reglamentación para impedir los desmanes contra los civiles, indisciplinas y malos tratos a los prisioneros de guerra, que deben ser objeto de cuidados generosos y dignos. Se anticipaba así el “venezolano universal” a lo que más de un siglo después sería el derecho humanitario de guerra. Una práctica que maximizó el Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre y que contrasta severamente con los usos del imperio en su “estrategia de contención”.

Para la empresa de independencia solicitó un apoyo de capital bélico, constituido por: 20 navíos de línea para las fuerzas marítimas, 8.000 hombres de infantería y 2.000 de caballería, un tren completo de artillería al menos de 60 piezas de hierro bien condicionadas y cien de otras piezas tanto de artillería ligera de batallones como artillería de posición. Uniformes completos para 20.000 hombres de infantería y para 5.000 hombres de caballería con su silla de montar, 30.000 espadas para la infantería, 10.000 lanzas largas y piquetas al estilo antiguo de macedonia, de tiendas en figuras cónicas a la turca para el campamento de 30.000 hombres y 50 buenos telescopios militares. Con esos recursos planificó una campaña militar que vincularía su sueño político con la realidad concreta. Una operación consistente en una invasión a la Capitanía General de Venezuela, que consideraba como clave para el dominio de lo que llamaban “tierra firme” para identificar el subcontinente meridional. En términos simples, el concepto de la operación contemplaba un doble desembarco simultáneo: con una fuerza con base en Curazao sobre la plaza de Coro; y con otra, con base en Trinidad, invadiría o atacaría a Cumaná y a La Guaira. Caracas estaría tomada entre dos fuegos, de modo que las fuerzas defensivas de la Provincia serían neutralizadas. Desde esta Provincia de Caracas una fuerza importante iría hacia Maracaibo, Río Hacha, Santa Marta y Cartagena, cerrando la puerta marítima de Magdalena y aislando a la Nueva Granada. Pensaban en dicho plan obtener el apoyo de la flota británica para bloquear a La Habana a fin de evitar el refuerzo a las defensas de tierra firme de los españoles. De allí su proyecto militar lo llevaba a Panamá, espacio en el cual ubicaría la Capital Federal del Imperio Republicano que pensaba establecer. Como una falla no pensó en controlar a Perú y Chile donde se encontraba el corazón del imperio español en el continente. Se podía decir por ello, que tenían razón el Primer Ministro Pitt y el Presidente Adams cuando fueron precavidos frente a los planes de quien considerarían como un idealista. Ciertamente el Precursor fracasó en su intento de construir la Colombeia que estuvo en sus sueños. No tenía nociones de las distancias efectivas existentes en el vasto dominio colonial español. 

miércoles, 1 de junio de 2016

EL PARÉNTESIS DEL AUTORITARISMO BUROCRÁTICO.


Es observable un inciso, donde hubo un cambio general de la dirección de la acción pública, durante ese largo siglo de lo que pudiésemos llamar una “paz armada en Venezuela”, impuesta por una Fuerza Armada pretoriana. Fue el lapso 1948-1958, cuando esa institución, transformada en casta, decidió asumir directamente el control del poder, abandonando a sus patronos: los estamentos privilegiados de la sociedad. Incuestionablemente esa decisión se tradujo en una acción de fuerza enmarcada en lo que la teoría sociológica denomina “violencia conspirativa”. Un tipo de violencia política, con un uso mínimo de la fuerza, realizada por segmentos de la élite – en este caso un sector de “oficiales académicos” asociados con un sector de la tecnocracia profesional – que se manifiesta normalmente mediante los llamados “golpes de estado”. Como es característico en estas situaciones, la acción respondía a una profunda insatisfacción de esos grupos por su falta de influencia política y su participación restringida en la distribución de los valores sociales, especialmente económicos. Son actos que suelen producirse al margen de las masas, cuya participación es extremadamente limitada, como ocurrió ese 24 de Noviembre de 1948 cuando se depuso el gobierno del Presidente Rómulo Gallegos.

Obviamente, como la propia denominación de este tipo de violencia lo indica, ese golpe de estado fue un acto deliberado al cual se convocaron todos esos factores descontentos, incluyendo la presencia de miembros de la Misión Militar estadounidense establecida en Venezuela, junto con una apatía generalizada de las masas populares frustradas por la falta de eficacia del gobierno para atender sus demandas. Y, más por el hecho de su origen primario, derivado de otro golpe de estado sin participación popular. En efecto, la teoría señala que el punto débil de los gobiernos así constituidos reside en que al no tener raíces en el pueblo o carecer de su apoyo concreto, pueden ser eliminados por el mismo método, sin provocar la reacción general, a menos que incurran en una represión indiscriminada. Sin dudas, los conspiradores apreciaron la debilidad del gobierno para realizar esa represión. Con un proyecto “revolucionario”, frente a la coyuntura interna e internacional que le era adversa, dado el prestigio de sus opositores, no sólo sustentado en el éxito del modelo capitalista, sino porque también prometen cumplir dentro de este una función de reconciliación social, el régimen no tenía la fortaleza ideológica para amalgamar los sectores sociales no privilegiados. Al mismo tiempo, valoraron sus propias capacidades basadas en el dominio del poder real, incluyendo en ellas el control de las industrias petroleras, en manos de la tecnocracia transnacional y, su asociación con los EE.UU., consolidadas como una superpotencia después del triunfo en la II Guerra Mundial. Y, como resultado de ese análisis, concluyeron, correctamente, estimando que tenían una relación de poder extremadamente asimétrica con las fuerzas de un gobierno carente de voluntad política y de una estrategia para enfrentar la amenaza. En otras palabras, sin el poder duro y las fuerzas morales para organizar una resistencia frente a la amenaza que casi era pública. De modo que prácticamente la acción fue incruenta, si se le compara con la similar ocurrida tres años antes, el 18 de Octubre de 1945, cuando el régimen andino, esta vez sorprendido por el golpe de estado, pudo dar una respuesta improvisada fallida, con una porción significativa de la Fuerza Armada, en conjunción con elementos populares.

No se trata de una reposición de las típicas tiranías militares impuestas por los EE.UU. en el marco del Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, como las que estaban presentes en Nicaragua con el “clan de los Somozas” o en República Dominicana con Rafael Leonidas Trujillo. Era un nuevo modelo – el burocratismo autoritario – con un contenido nacionalista, cuyo componente ideológico fundamental estaba ligado a la seguridad estratégica del Estado, “amenazada” por la acción agresiva del “comunismo internacional”. Un planteamiento político que encajaba perfectamente dentro de los intereses de los elementos dominantes, transformados en clase, por la acción combinada de la industrialización del petróleo que creo un proletariado organizado en sindicatos (una clase obrera) y la actividad política de los “adecos” (socialdemócratas), que ubicó el juego en el marco de la lucha de clases propio del materialismo histórico. Pero también se ajustaba al marco de la “estrategia de contención” ideada y puesta en práctica desde su posición como Director de Planificación Política del Departamento de Estado por George Kennan en lo que en 1952 se convertiría oficialmente en el Corolario Kennan a la Doctrina Monroe. Dentro de esa metaestratégia, que respondía al temor temprano a los “shatterbelts” fronterizos (enclaves franceses, británicos, holandeses y españoles situados en el hemisferio) asociados a las comunidades mestizas de la región, sentido por la sociedad anglosajona-protestante del norte, el proyecto del régimen militar instaurado en Venezuela caía “como anillo al dedo”. En ese sentido, en aquel momento era necesario contener la posibilidad del establecimiento de un “shatterbelt” soviético, representado por diversos enclaves perturbadores en el hemisferio, producto de su asociación con fuerzas políticas locales, tal como lo ha sido Cuba desde la década de los 60. Pero en esa concepción la contención iba a realizarse fundamentalmente en Euroasia –tal como ocurre en la actualidad. Hacía allá se dirigieron todos los recursos económicos (Plan Marshal para Europa y la Ayuda para la reconstrucción de Japón en Asia) y militares (Tratado del Atlántico Norte y Tratado para el Sureste Asiático). La contención en América Latina y el Caribe se la dejarían – como se la siguen dejando – a los gobiernos de la región o, a las “quintas columnas” que, como la dirigida por el Coronel Castillo Armas, en representación de los intereses de las clases privilegiadas de Guatemala, asociadas a las empresas bananeras norteamericanas establecidas en el país y con el beneplácito de la Casa Blanca, depusieron el gobierno reformista de Jacobo Arbenz, acusado, además de “comunista” de belicista, por una importación de fusiles de Checoslovaquia para mejorar las defensas militares de su país.

Desde la perspectiva geopolítica de Kennan, las Américas del Sur y Central quedaban automáticamente subordinadas a la América del Norte, después de haber anulado las capacidades de las grandes potencias para mantener el orden neocolonial impuesto después de las guerras napoleónicas. Estos espacios, como él mismo los denominó, se convertirían en el “patio trasero” de los EE.UU., conjuntamente con la transformación de El Caribe en “el Mediterráneo de este hemisferio” y, junto con África, serían simples proveedores de materias primas. En ese marco la seguridad hemisférica estadounidense dependería del mantenimiento de la pirámide del poder regional en la cual ese país se colocaba en la cúspide, secundado por potencias intermedias de segundo orden como Brasil, Argentina, México y Venezuela, teniendo en la base las pequeñas potencias y los estados fallidos. Un poder sustentado fundamentalmente en las fuerzas de las armas, con capacidad para vencer la resistencia que podrían desarrollar las pequeñas potencias –como es el caso de los estados centroamericanos y caribeños frecuentemente invadidos por fuerzas combinadas de los EE.UU., asociados con otros estados de la región- y las generadas por los sectores internos no privilegiados.

Desde luego, la eficacia de los poderes intermedios dentro de ese esquema, dependía de su fortalecimiento. Una variable que esta en función del desarrollo de sus capacidades militares y de las fuerzas morales que las hagan efectivas. Y, para ese propósito, en primer lugar, se recurrió a la potenciación de las fuerzas militares de la región con programas de ayuda que permitían la introducción de nuevas tecnologías, asociadas a las estrategias y tácticas norteamericanas, para en segundo lugar, lograr la cohesión social y la unidad del país por la vía del nacionalismo que fortalecería la voluntad de resistencia ante la amenaza externa. El efecto inmediato fue la activación de una carrera armamentista moderada en América del Sur – si se le compara con la existente en la región geoestratégica euroasiática – con la consecuente potenciación de los diferendos internacionales existentes entre los estados de la región, en nuestro caso con Colombia. Lograba así la aplicación del Corolario Kennan, la contención del avance del “comunismo” en la región sin el uso masivo de recursos norteamericanos, mediante la represión de los movimientos populares contestatarios y la aplicación de una “estrategia del balance de poder en ultramar” que impedía alianzas entre los poderes intermedios regionales que pudiesen compensar la hegemonía estadounidense en el hemisferio. Un temor, advertido por el geopolítico Nicolás J. Spykman a principios de la década de los 40, quien colocaba como amenaza una posible coalición entre Brasil y Argentina durante el desarrollo de la II Guerra Mundial.

Fue dentro de ese contexto donde se desarrollo el paréntesis en la aplicación del ideario positivista dentro de la cual la Fuerza Armada, actuando con un criterio estamental, estuvo al servicio de la oligarquía dominante y, a través de ella, y dentro de la pirámide del poder hemisférica, en la defensa estratégica de la zona de seguridad norteamericana en el marco del TIAR. En ese lapso se inició una repotenciación del aparato de defensa de la nación sustentada en un reequipamiento de la Fuerza Armada con una tecnología de punta en el campo de las armas convencionales; la creación de una base industrial, conjuntamente con el desarrollo de capacidades en el ámbito de la investigación científica y tecnológica, incluyendo el campo nuclear, para buscar la autonomía estratégica del Estado; y, el cambio del concepto estratégico militar, mediante la colocación de una reserva, constituida por los excedentes de cada contingente del servicio militar obligatorio, como el elemento fundamental para la defensa de la nación, mientras unas fuerzas activas, reducidas a una organización de reacción rápida, se encargaba de disuadir las agresiones provenientes de sus competidores regionales. La eficacia de esta concepción, se puso de manifiesto durante la crisis colombo-venezolana de Los Monjes de 1952, cuando la primera intentó ocupar ese archipiélago militarmente, con cooperación estadounidense, siendo disuadida en su intento por la acción de la aviación nacional. El vínculo entre este fortalecimiento del poder duro, con la vigorización del blando, exaltado por el nacionalismo a través de la reivindicación de las tradiciones populares, fue justamente el establecimiento de la reserva que encuadraría a la totalidad de los sectores jóvenes del país. Mediante su entrenamiento y organización se pensó, erradamente, en desarrollar una base social disciplinada en apoyo del régimen, con un sentido nacionalista basado en la idea de la patria propia.

Se trato de una acción de gobierno en la cual había elementos revolucionarios, especialmente en lo concerniente a la política militar, necesariamente asociada a la creación de infraestructuras que soportaran la metaestratégia que constituía la superestructura del régimen de carácter militarista. Sin dudas, el paisaje geográfico del país se modificó drásticamente, incluyendo en ese cambio aspectos demográficos y sociológicos. Ciertamente se transformó el sistema vial y de comunicaciones contribuyendo a la unificación del país y a la aceleración del urbanismo como tendencia propia de la modernidad, conjuntamente con el incremento cualitativo y cuantitativo de una clase media fuerte. Pero la represión del “comunismo”, que frenaba los movimientos sociales destinados a reducir las profundas asimetrías existentes, que hacían de la comunidad política nacional una sociedad dual, lo convertía en un régimen autocrático que incluía a amplios sectores de la sociedad de la participación política, colocándolo de hecho en el campo conservador. Un terreno en el cual la Fuerza Armada, como institución, siguió mantenimiento su carácter pretoriano. No obstante los elementos revolucionarios de esa política – la activación de nuevas fuerzas productivas, la idea de la defensa popular, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, entre otras – se internalizaron en la mente de muchos de los componentes del aparato de defensa, quienes constituirían una fuerza de resistencia al retorno de la corporación militar al papel de custodio de los intereses de la oligarquía dominante.

EL PENSAMIENTO HUMANISTA Y EL EFECTO DEL POSITIVISMO EN LA META ESTRATEGIA NACIONAL.


Este pensamiento humanista que orientó la acción militar venezolana, incluyendo las realizadas en el marco de las confrontaciones civiles internas, sufrió una muy importante variación a principios del Siglo XX, con el advenimiento de lo que ha sido conocido como la hegemonía andina. De una concepción que reflejaba la idea de la movilización en masa, muy claramente señalada en el documento transcrito en el Capítulo I de esta obra, en la cual era obligación de todo ciudadano el participar en la función de defensa estratégica del Estado, que incluía “el tomar banderas” en las contiendas internas según la conciencia individual, se pasó a la conformación de un estamento militar profesionalizado a quien se la adjudicó el señorío de las actividades de defensa. Esto a pesar de que los instrumentos legales que se promulgaron durante ese lapso, mantenían las disposiciones que regulaban la organización de las reservas militares que hacían práctica la participación ciudadana en la defensa militar del Estado. De hecho, las milicias que tradicionalmente se conformaban dentro de las jurisdicciones de los estados que constituían la Federación, desaparecieron de la organización militar de la República.

Esta tradición histórica y constitucional, cambió como consecuencia del Imperio del pensamiento positivista en la orientación del régimen andino (1899-1945). Dentro de esta aproximación filosófica, por cierto con algún contenido racista, el valor fundamental de la acción pública del gobierno del Estado era el progreso, en términos concretos identificado con la industrialización, dependiente del orden tanto en el entorno interno como en el ámbito internacional. De allí que para esta última finalidad, se consideraba a las Fuerzas Armadas, dirigida por una elite profesional, parte de una ilustrada que le correspondía el gobierno de la nación, como responsable del logro del orden interno y la seguridad de las fronteras como condiciones indispensables para el progreso de la comunidad política. No es de extrañar entonces, que las primeras decisiones en el terreno de la defensa militar del país, estuviesen dirigidas a neutralizar las fuerzas irregulares indómitas, que competían por el logro del poder a escala regional o nacional y a organizar un centro académico de formación de Oficiales destinados a configurar esa élite militar. Esta última decisión contravenía la tradición implantada desde la época colonial cuando la formación académica del cuerpo de oficiales se realizaba en la Real y Pontificia Universidad de Caracas o en los cuerpos de milicias criollas o pardas que constituían las fuerzas locales que complementaban el Ejército Español. Además, como parte de esa política, el problema de la delimitación del territorio fue central como componente del aseguramiento de la estabilidad de las fronteras. Este pensamiento positivista fue mantenido invariable durante todo el Siglo XX, hasta el momento actual cuando la situación existente en el sistema internacional obliga a su revisión. Durante ese largo período se mantuvo la situación estamental del sector militar de la sociedad venezolana con los privilegios positivos en la consideración social, fundados en su modo de vida y, en consecuencia, en maneras formales de educación y en prestigio profesional. Durante el fenecido régimen “puntofijista”, en el reparto de poder que se realizó entre las cúpulas de los partidos y los sectores sociales venezolanos, se mantuvo esta orientación al adjudicarle al estamento militar el señorío sobre los asuntos fronterizos, el propio equipamiento, la administración financiera y de recursos humanos de la Institución.


LA GUERRA COMO PARTE INTEGRAL DE LA POLÍTICA.


No obstante, no se puede considerar la guerra como un fenómeno aislado dentro del esquema simple amigo-enemigo en el cual se suele analizar. Incluso el autor mencionado como paradigmático en el análisis de la guerra moderna, a pesar de vincularla con la política, y de alguna manera con la economía al desarrollar la idea de la logística, no abarca la complejidad del conflicto humano y en particular, la de los conflictos intersocietales –conflictos entre formaciones sociales-. En ese particular, referidos a nuestra propia historia militar, las acciones bélicas desarrolladas principalmente a lo largo del Siglo XIX, reflejaban variadas contradicciones presentes en la sociedad venezolana, cuya consideración es necesaria, no solamente para conocerlos sino para tener bases para la realización de proyecciones prospectivas. Desde la guerra de independencia hasta la actual confrontación, han actuado, con peso variable, distintas fuerzas que expresan las ideas y los intereses de factores internos o externos de poder. No se puede hablar por ejemplo, de la gesta emancipadora como un enfrentamiento simple entre la nación venezolana y el Imperio Español, aún cuando fueron estos factores los que dominaron políticamente su desarrollo. Una circunstancia que es la que permite identificar la coyuntura. En ella, estuvieron presentes conflictos centro-periferia, que enfrentaban las provincias con la capital, donde se tendía a concentrar el poder desde el establecimiento de la Capitanía General en 1777. También allí, subyacían conflictos étnicos derivados de la extrema acumulación, producto de un orden estamental, con componentes raciales, que separaban las corporaciones con privilegios positivos de aquellas negativamente privilegiadas. Tampoco estuvieron ausentes los diferendos entre sectores conservadores, que pretendían mantener la estructura estamental original, en contra de los que favorecían una estructura de clases que correspondía a la modernidad. Esto sin faltar las diferencias religiosas entre los fundamentalistas católicos y los partidarios de la sociedad laica. Lógicamente, la injerencia externa, motivada por las aspiraciones de las grandes potencias, por la primacía o la hegemonía mundial, fue evidente. Particularmente la participación de la Gran Bretaña, formaba parte de la aspiración imperial de este centro de poder, que lograda la victoria por la causa liberadora, pasó a tutorear el régimen político, dentro del esquema neocolonial. Una configuración donde el dominio del terreno perdía significado, para que el control de los mercados lo ganaran. En ese marco, perdieron valor las acciones de las guerras terrestres, en favor de la guerra naval.

El tipo de consideración anterior se podría hacer para todas las campañas militares que se desarrollaron en nuestro pasado. Por ejemplo, en la guerra federal (1859-1863) lo notorio era el enfrentamiento de clases, pues ya se había realizado un desarrollo urbano y las propiedades rurales habían introducido herramientas y tecnologías que alteraban su carácter tradicional. Pero allí, en esa confrontación, estaban presentes la mayoría de las contradicciones que se mencionaron en el párrafo anterior, incluyendo la injerencia externa, en este caso particular, la de Francia. Esta complejidad plantea aún hoy en día, problemas políticos que eventualmente originan situaciones de crisis, incluso cuando el Estado enfrenta enemigos externos. Y ella tiene un particular impacto en los esquemas organizativos de las sociedades orientados hacia su defensa estratégica. Son variables que afectan la unidad y la coherencia de las fuerzas castrenses, llegando hasta su división y la materialización de la guerra civil. La respuesta a este problema en la modernidad, ha sido la creación del sentimiento de lo que se conoce como “patriotismo republicano”. Una idea no vinculada a las nociones clásicas de patria común y patria propia, sino derivada de la noción de “patriotismo constitucional”, acuñada por los enciclopedistas y en concreto por Juan Jacobo Rousseau y Voltaire. Ese es un concepto que se fundamenta en la imagen del contrato social (constitución), mediante el cual los ciudadanos por nacimiento o naturalización, ocupan un territorio (la patria) para su disfrute, con el cual tienen una relación de interdependencia. Es sobre esa idea, que se pudo conformar el Ejército Libertador que actuó de manera coherente y unificada en la guerra de liberación. 

LA CRISIS HISTÓRICA Y LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA DE VENEZUELA.

En esta coyuntura de incertidumbre se origina en Venezuela, en 1992, la Revolución Bolivariana, que lleva al control del poder público a los sectores indómitos que resistían activa o pasivamente el esquema de dominación ejercido directamente por los miembros de los enclaves de desarrollo secundario, agregados en la llamada “sociedad civil” e indirectamente por la elite globalizada que domina la política internacional (unos 1.000 millones de personas, que configuran lo conocido como “economías intervinculadas”). Este movimiento expresa a lo interno del país una aspiración del sistema político nacional de recuperación de su equilibrio, perturbado severamente durante la década de los setenta por la crisis petrolera internacional. Refleja el viejo dilema que mueve la historia en el cual a la fuerza de la inercia que tiende a mantener las estructuras, se le enfrenta el deseo de diferenciación del estado existente materializado en un nuevo estado. En cierta forma, la dinámica generada ha permitido un renacimiento del pensamiento humanista renovador contenido en el ideal independentista, que está enfrentando a las fuerzas conservadoras nacionales e internacionales con su orientación darwinista. Se contrapone a la visión simplista de la universalización de una cultura única con la óptica compleja del pluralismo cultural que respeta la riqueza de la variedad. En el plano netamente estratégico la actual situación venezolana ha establecido una relación dialéctica entre el poder concentrado en los actores políticos dominantes y el poder difuso distribuido en las organizaciones sociales populares, nacionales y transnacionales. Es una interacción que se realiza dentro del marco de las ya mencionadas “guerras de cuarta generación”.

Esta nueva concepción de la confrontación militar, resultado de la crisis histórica en la cual se vive, reemplaza casi totalmente las viejas nociones de la acción bélica, específicamente las ideas que informan sobre esta conducta en la era moderna. En esta etapa histórica –la modernidad- la lógica de la guerra, utilizando la máquina como herramienta fundamental para su realización, conducía a tres categorías de acciones: la destinada a la destrucción o neutralización de las fuerzas militares enemigas; la ocupación del territorio del adversario; y, la acción política de la imposición de la voluntad del vencedor sobre el vencido a través de la capitulación. Correspondía este proceso, a una acción social en la cual era posible diferenciar los combatientes militares de los civiles no combatientes y el espacio del Teatro de Operaciones, donde se realizaban los encuentros y la batalla, de los espacios dedicados a la actividad civil. Se trataba de un juego con reglas establecidas expresadas por el derecho a la guerra y el derecho en la guerra, integrantes del cuerpo de normas que regulan las relaciones entre los estados y conforman el derecho internacional público. Esas ideas fueron las que orientaron el Pensamiento Militar venezolano, en particular, y en general la filosofía de la guerra a escala global. Se incluía dentro de las operaciones militares tanto las acciones llamadas convencionales como aquellas denominadas irregulares, siempre que ellas estuviesen dirigidas contra los combatientes enemigos. Las acciones realizadas contra objetivos civiles, constituían actos de “lessa humanidad” y eran por lo menos objeto de sanciones morales. La Segunda Guerra Mundial sentó el precedente de la sanción judicial a quienes aplicaban el terrorismo bélico, término con el cual se designó los actos inhumanos realizados contra la población civil e incluso, contra  los combatientes heridos o capturados. De manera general, aún con los horrores implícitos en el uso de la violencia, las guerras que preceden la actual contenían elementos fundamentales del pensamiento humanista. 

LA CRISIS HISTÓRICA ACTUAL DE LA HUMANIDAD.

La realidad actual del sociosistema lo coloca en una situación que el filósofo español José Ortega y Gasset califica como “crisis histórica”. Es un momento en el movimiento de cambio de la humanidad en el cual los valores y las relaciones que estos generaron pierden su significado sin que se encuentren sustitutos que permitan delinear una nueva estructura que ordene la vida del hombre en el planeta. Como en anteriores circunstancias han sido los avances en el campo del conocimiento, con el correspondiente desarrollo de nuevas tecnologías, lo que perturbó significativamente desde principios del Siglo XX, el orden mundial. Indudablemente el desarrollo de la física quántica, que implicó la implantación de un nuevo paradigma científico, ocasionó una revolución de similares consecuencias a las que tuvo la revolución científica del Renacimiento Europeo. Si éste desarrolló la mecánica con la consiguiente aparición de las máquinas, la nueva revolución generó la tecnología digital, la informática y la genética, que le han dado al hombre un control casi absoluto sobre toda forma de vida. Las técnicas derivadas de estas tecnologías han originado transformaciones profundas en la política, en la economía, en la ética y en la religión que han desestabilizado no solamente el sociosistema, sino también el sistema ecológico, base de la vida humana. Es tal el desbalance que se ha producido que la brecha existente en el Siglo XVIII entre países ricos y pobres que era equivalente a cinco veces sus ingresos, para el año 2000 alcanzó a trescientas noventa veces. La población mundial en el año 1800 estimada en 1.000 millones, pasó en el año 2000 a 6.000 millones. Y se han duplicado las expectativas de vida que pasaron de treinta años para 1800, a sesenta y cinco años para el año 2000. Desde luego, todo con un impacto negativo en los recursos renovables y no renovables que ofrece el ecosistema. 

Nuestra América

José Martí
Publicado en: La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891.
El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete legua! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver.Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!